miércoles, 15 de marzo de 2017

Hilario Camacho - Final de Viaje

Comenzar a estudiar el bachillerato era empezar a ser hombre…







Manolo Carrasco había nacido en la primera casa de ese callejón en mayo de 1954. Hijo de padre labrador y de familia humilde, fue un niño de mi barrio  e inolvidable compañero de juegos de la edad sin manchas. Estudió bachillerato, como yo, en el Instituto Técnico –el actual Instituto “Julio Rodríguez”-, el primer instituto público en la historia de Motril. Un centro que había sido prometido por vez primera  a principios del siglo XX, pero que setenta años más tarde no era todavía una realidad tangible. Recuerdo que una tarde de verano de 1965, fuimos, él y yo, a visitar el Instituto que estaba todavía construyendo allá por los almendrales de San Antonio y en el cual nos habían admitido a los dos. Él fue el que me animó a acompañarle. Por aquel tiempo era toda una aventura adentrarse por aquellos deshabitados andurriales situados al norte de la ciudad. Terminada la calle de las Cruces, sólo seguía hacia arriba un caminillo bordeado de pitas y de chumberas denominado Camino de San Antonio. La calle Ancha, aún sin asfaltar y sin tal denominación, no estaba siquiera definitivamente trazada ni disponía de alumbrado público.
Sólo algunas casas recién construidas al final de la misma, cercanas ya al Cementerio Municipal, y varios cortijos con sus pozos blanqueados en lo que actualmente sería el tramo medio de dicha calle, existían en derredor. Toda una excursión. Como el edificio carecía todavía de puertas y de vallas, recuerdo que entramos al azar en la que luego sería el aula que yo tuve en primero de bachiller y Manolo, que siempre fue un niño, muy impulsivo y espontáneo, se subió a la tarima de un salto y se puso a declamar con voz alta y ampulosa los cabos, los golfos y los ríos de España. A mí aquello me produjo cierta zozobra, pues muy poco tiempo después –las clases no empezarían hasta el 16 de noviembre de ese año 1965- comenzarían, ya de veras, la difícil y espinosa tarea de cursar el bachillerato, cosa muy temida entonces en general por la chiquillería y que en aquel tiempo duraba siete años. De una cifra muy superior a 200 ilusionados chavales que lo comenzaron, sólo lograron terminarlo 69 en su primera promoción. Como ha dejado escrito el poeta Rafael Montesino, para un niño de entonces, comenzar a estudiar el bachillerato era empezar a ser hombre…

Artículo de Antonio Enrique, poeta granadino.

No sigo el calendario de sol, ni del fuego
porque mi mente estalla en el diamante
de un cuello sin vuelo, sin rumbo… ¡solo!
Manuel Carrasco Mercado


Documentación del libro de Jesús Cabezas Jiménez: “Sólo nos queda el recuerdo”